ABRAZAR ES LA CERTEZA

Yo. Solo. La individualidad de mi persona es la que marca los límites de la existencia constatable, mensurable… A partir de ella, la oscuridad. Aquella que se cierne sobre mí cuando miro fuera.

Dentro del ruido, de la fanfarria; tras las vallas publicitarias y las pantallas que invitan al consumo en todas las grandes superficies está la mayor verdad: Que estamos solos. Que estoy solo y no quiero.

Y mendigo, “Beggars are not choosers”; pero en mi fuero interno no acepto que pueda ser así: Que esté condenado a comer la bazofia que me ofertan perfectamente empaquetada. Y en cada anuncio se me ofrezca el producto con la promesa de que alguien bello me abrazará. Y casi, casi caigo; es mucho más fuerte la necesidad de ser apenas rozado por otra soledad…

Y lo quiero todo. Por ello, lo rechazo: Reniego de todo lo que pone precio a lo que mi alma anhela. Escupo contra todo lo que se me vende una y otra vez bajo la ilusión de la novedad. Pues tengo la convicción de que es gratuito, y no de otro modo, lo que te da la vida.

Y es en el abrazo donde constato esa verdad minimalista. Donde se comparte el latido del corazón que se acompasa al tuyo; allí donde el calor se auna y el frío se disipa… Es, en ese instante, donde el abrazo es la certeza de que estás vivo, que eres tú quien está abrazado al otro tú, validando tus huellas, tus caídas y alegrías. Y las suyas.

Se hunden mis raíces en la tierra cuando me abrazas. Se funden mis terrores con tu respiración. Se incendia mi universo cuando me recuerdas quién soy.

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