MIRAR

Una obviedad: Si estás permanentemente mirando hacia fuera, estás permanentemente sin mirar hacia dentro. ¡Qué tontería!

Pues no. No es ninguna tontería. Si estamos prendados de las luces que hay a nuestro alrededor, no prestamos atención a la que tenemos en nuestro interior. Y terminamos prescindiendo de ella pues creemos que son más útiles, más prácticas las luces que nos ciegan.

Ciegos guiando a ciegos. Como un baile de coches de choque, o Cochetopes, como los llamaba de niño, observas cómo se repiten los accidentes, las actitudes, los errores… Y no digo los aciertos porque no se repiten: Se olvidan. Como también se olvidan los errores. Y lo más interesante es que, quien no recuerda sus errores, o los del prójimo, está condenado a repetirlos. Lamentablemente, la repetición de los aciertos parece no ser afectada por esa ley universal de la repetición…

Si pongo uñas de porcelana sobre las mías, no las veo. Si pinto mis párpados, moldeo mis pestañas, maquillo mi tez (tez es un arcaicismo, rostro, para los que no lo sepan), mis ojos apenas pueden abrirse, mi piel luce muerta bajo un radiante maquillaje que borra mis imperfecciones (que ganas tengo de ver alguien sin imperfecciones que venda maquillajes), la moda dicta cómo he de ser…

Y mirar es la condena cuando la observación está penalizada por el orden imperante. Sin preguntas, sin criterio: Huecas, las canciones resuenan machaconas vendiendo todo lo que me despelleja de mi humanidad y me bestializa, cada día, un poco más.

Mirar hacia adentro: Sentir como mi yo se ha visto aplastado por tanta basura. Aún late bajo el plástico y la mugre de los hilos musicales de los centros comerciales; constatar que no es feliz. Y preguntarle, como al ciego, ¿Qué quieres? ¡Quiero ver!

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