CAMA

Meterse en una cama fría es como entrar en un quirófano alicatado. Parece que quiere escupirte. Te tapas y empiezas a moverte para calentar las sábanas y temes, profundamente, estirar las piernas. Se va calentando lentamente, desde el lugar que ocupas hasta el inmediato alrededor. Y te va permitiendo que la habites. Y cierras los ojos.

Pero hay veces, ay, que no es el lugar de descanso. Son aquellas, Ay, que es patíbulo: Colocas la cabeza en la almohada y todos los problemas se acumulan sobre tu cuello, como si de una cuchilla de guillotina se tratara; y la angustia se hace fuerte. Pero es también muro de lamentos, donde tus actos desfilan y te gritan a la cara “dame solución”, ¿qué estás haciendo?…

Es entonces que vuelve a mutar y se convierte en el paño de lágrimas, pues sólo quieres arrastrar con ellas las tristezas que hacen que te enrosques, intentes calentarte todo lo que puedes porque un frío glacial hace tiritar tus entrañas. Y, de tanto llorar, se lavan tus ojos: Se torna la salada lluvia en lejía, pues enrojecen tus ojos y se van lavando hasta que parece que el iris se decolora y queda la pupila. Negra. Negra como la pena que desata todos los terrores.

Pero nadie, ¡nadie!, puede comprender lo que está ocurriendo. La mirada negra se clava allá donde se abren los ojos. Y no dicen nada. Son vereda de vacío, pues sólo quieren dormir, adoptados, en acogida, por la cama.

Cama que abandonas lo menos posible. A la que vuelves corriendo, buscando su cálido abrazo, intentando recuperar un sueño que devolviera el color a tus ojos, ilusión a tus sueños, abrazos a tu cuerpo.

O despertar a una vida en la que eres dueña de todas tus horas.

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