AHORA

Ahora. Ahora que puedo quedarme en casa, quiero ir a la montaña a caminar. Ahora que el streaming parece mi mejor amigo, siento la necesidad de salir a pasear al perro, que tiene que hacer sus cositas; y me parecen maravillosas cuando llevas cuatro capítulos y, aquello que consigue que una sentada sea un suplicio, comienza a incendiar el lugar donde la espalda pierde su noble nombre…

Ahora. Ahora que no puedo llevar a los niños a catequesis, me piden a gritos ir a la parroquia; otra posibilidad sería que desarrollara la capacidad suficiente para hablar de lo que creo. (Qué pastelón). Mejor no, ¿no?

Ahora. Ahora que echamos de menos insultar al árbitro en los partidos del niño, que nos privamos del placer de celebrar la derrota o la victoria, es lo de menos, con los otros padres del equipo… Ahora.

Me doy cuenta de que sólo echo de menos aquello que pierdo, o me quitan, o se van.

Y me hago consciente de que no soy dueño de nada. Sólo de los momentos que vivo, de la música que puebla mis oídos, del aire que no siento y, sin embargo, existe y respiro.

¿Cuántos virus tendrán que venir para mostrarme que soy y vivo en tanto me doy cuenta? Que la costumbre trepana mi capacidad de sorpresa, adormece la ilusión, me tatúa en el sofá.

Ahora que un invisible virus me ha cambiado mi rutina, ¿porqué no reflexiono sobre lo invisible que es el mensaje de un dios que se hace hombre visible, en mí y en ti, para cambiar el entorno que ya no será el mismo nunca más?

Un virus. Algo a medio camino entre lo inerte y lo vivo me ha cambiado la vida. Por narices. ¿No es un buen momento para reconsiderar lo que creíamos inmutable y, tras incendiarlo, renacer de las cenizas y reconsiderar todo aquello que me hace verdaderamente humano?

Ahora.

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