PENITENCIARIO

Que viene de Pena, castigo impuesto conforme a la ley por los jueces o tribunales a los responsables de un delito o falta.

Hoy una amiga que trabaja en un centro penitenciario, me hacía caer en la cuenta de que la situación que viven los presos es relativamente parecida a la que disfrutamos con el Coronavirus. Lo que pasa es que, a ellos, los confinan aún más para que no se extienda por el establecimiento. Y, si de por sí la cárcel es una olla a presión, ahora es como un reactor nuclear sin refrigerante: Se anulan los permisos, se cancelan los vis a vis… En fin: ¡Qué decir!

Y es que, a perro flaco, todo son pulgas. Si no tenían suficiente con la privación de libertad, no entraré en casuísticas, ahora se recorta la de moverse con cierta libertad en el edificio.

Los hay con miedo a morir: No quieren porque tienen hijos, mujer o esposo fuera; los que se apagan con el cáncer corroyendo sus entrañas recordando los descampados donde quemaban ruedas, fumaban y bebían y que, ya, es sólo la solitaria isla en la que sonreír en el más recóndito lugar de la memoria, que nunca volverá…

Presos de la prisión. Presos de la enfermedad y del miedo; muertos de ansiedad por recibir una palabra: Una sola palabra que encienda una luz en la umbría soledad de la celda, pues la compañía es otro mal necesario y menor.

Ahora están pidiendo cartas para los que están aislados en los hospitales, sin familiares cerca; quizá sea el momento de preguntar algún nombre, alguna circunstancia de cualquier preso. Y escribirle como si te importara.

No recortaremos la condena. Pero los barrotes dejarán pasar la brisa de otro modo, la luz brillará más brillante si cabe; la desesperanza tendrá menos fuerza y las palabras serán abrazos.

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