MEDALLAS

Todos intentamos no olvidar aquellos momentos o situaciones que han sido importantes o que han supuesto un vuelco en tu percepción de la realidad: Quizá incluso para la percepción de la realidad de otros. Creo que, como muleta, como herramienta se crearon las medallas. Son cosas que uno suele llevar en el pecho y que sirven para distinguirte de los demás, para recordarte a ti mismo algo o, simplemente, como objeto de decoración. Como complemento. Así compruebo que alguien que ha sido muy valeroso o muy eficaz en su cometido es condecorado generosamente hasta que parece que su pecho está levemente escorado hacia tan laureado lado. Son una prueba que todos hemos de reconocer por los símbolos que porta el homenajeado. En éste mismo sentido, las medallas también son una muestra de nobleza y alta alcurnia. No hace falta que hagas nada. Sólo tienes que nacer en una casa de muy alta cuna y ya te perforan el pecho con cualquier antiguo blasón. Una variante de las medallas son los dientes engastados en oro colgando de madres y padres indiscriminadamente en muñecas o cuellos. No es que se los hayan arrancado a nadie: No pretenden con ello asustar a otros ni marcar un territorio portándolos como trofeo: Pertenecen a sus hijos. Cuando empieza el otoño para los dientes de leche, algunas personas intentan aprehender el tiempo en que los niños fueron bebés a través de tan curiosos colgantes. Es misteriosa la mente humana. Hay medallitas con las caras de los hijos grabadas con láser y chombos con la figura del Camarón. Con forma de herradura y de cabeza de caballo. Esa iconografía nunca la he entendido, no. En la religión católica también hay medallas. De la virgen de las Angustias, de la Cabeza o de la Cinta. En Platino, Plata u Oro. De 24 quilates y también en 18. Con cordón trenzado o con eslabones gruesos como macarrones. Supongo que el tamaño depende de la devoción que le tengamos a la patrona de donde procedamos. Es una manera de mostrar nuestro respeto a la persona representada. No olvidemos, Dios nos libre, de las asociaciones religiosas: Hermandades de toda índole que portan medallas con la cuerda gruesa como la de la que cuelga un jamón o como las ya mencionadas de oro en su multiplicidad de formas y precios. Y yo me pregunto qué es lo que yo me cuelgo al cuello. Lo más que podría hacer es encajarme en el pescuezo una piedra de molino e irme a nadar a la playa de Punta Umbría porque no tengo medallas por mi valor en el combate, ni devoción por la Virgen Chiquita. Tampoco soy merecedor de portar ningún símbolo de hermandad ni nada parecido. Y todo esto. Para hablar de lo escondido. Que no sepa mi mano izquierda lo que hace la derecha. Que si hago ayuno, mi aspecto sea feliz. Que, si fui valiente en un instante, ya sé que puedo serlo todos los días de mi vida y que no puedo vivir de las rentas de una vida pasada. Que si pertenezco a una hermandad, el símbolo sea la fraternidad de palabra y de obra con todos los que haya alrededor. Y que el niño que fue, el hombre que hoy es mi hijo, no necesita ser recordado como algo pasado. El presente es fruto del árbol que hunde las raíces en lo profundo de la niñez, de la adolescencia y en cada latido del corazón de quien nos dio el título de papá, de mamá.

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