Y

Y, ¿a quién le gusta ser corregido?

Reconocer que me he equivocado, que no estoy en la verdad: Que no la poseo.

Más que estar equivocado, odio no tener el poder que me confiere ser el dueño de la verdad.

Odio que otro esté en posesión de la verdad.

Por eso la verdad no nos hace libres sino que nos hace esclavos de quien la posee.

Pero una cosas es poseer la verdad y otra cosa vivir en verdad. Y en espíritu.

Del mismo modo que puedo reconocer esto, soy capaz de recibir la corrección.

Es por eso que ser dóciles a la corrección no es un signo de debilidad.

Es curioso que la que tendría que hablar de la debilidad de Dios

siempre haga un ejercicio de poder y fuerza mostrando así la grandeza de Dios.

Se nos ha olvidado que el altísimo se hizo pequeño y que el omnipotente se dejó la divinidad

en el cielo que todos ansiamos para hacerlo posible en la tierra.

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