CORRIENTE CONTINUA

La electricidad. Qué gran descubrimiento. Qué naturaleza y qué cantidad de posibilidades. En la naturaleza se da de una forma brutal en las tormentas (véanse los rayos). Pero también equilibrada y prodigiosa en toda forma de vida siendo soporte para la comunicación nerviosa. A través de la diferencia de potencial, una misma señal puede significar miles de órdenes distintas. Maravillosamente codificada. Fascinantemente ordenada. Hablaré brevemente de la corriente continua. La conocemos porque es la que tienen las pilas AA, AAA, de botón, de petaca, las baterías de los coches, de los móviles y ordenadores portátiles y toda la pléyade de cachivaches autónomos que dejan de funcionar cuando no tienen almacenada en su interior la corriente continua. Eso, como todo el mundo que lo sabe, lo sabe todo el mundo. Lo enchufas a su correspondiente cargador y a esperar que el cubo energético se llene. El led de carga se pone en rojo. Cuando termina cambia a verde y, hala, a volver a ser felices y autónomos. Pero tiene una regla que no hay que saltarse nunca: La polaridad. Si alteras la posición de las pilas, el cacharro no funciona. Más aún: Si lo pones mal puedes llegar a cargártelo. Vamos, que no volverá a funcionar nunca más. Es la misma corriente la que hace que trabaje o la que lo funde sin posibilidad de resurrección. Es cierto. Lo hemos cargado pero el aparato no funciona. O se ha quemado. Como en todas las parábolas o imágenes literarias, hay una enseñanza que tenemos que aprender. Igualaré Espíritu a corriente y formularé mi teoría: “Espíritu hay para parar un tren o todo el universo. Pero, si lo percibimos y aplicamos de forma errónea, la iglesia no funciona. Si lo invocamos como taller de reparaciones de nuestras inhibiciones y fracasos, algo hará; pero no es esa su función. Su trabajo es renovar la faz de la tierra. Si erramos en la polaridad, en su percepción como defensor, paráclito, fuego renovador, volvemos al polvo. El espíritu sopla donde quiere. Teniendo en cuenta su divina libertad, cuidado con pedir que nos sea enviado. Porque, quizá y sólo quizá, se nos pueda conceder. Y nos abrase por dentro la necesidad de ser verdad, camino; y la angustia por no serlo. Quizá nos renueve por dentro y nos haga salir de la tierra vieja hacia una nueva tierra donde mane leche y miel. Donde tenga sentido vivir desde él. Desde su fuerza infinita, su insondable sabiduría, su impredecible voluntad. Y, como guindas del pastel, sus inequívocos frutos. A partir de aquellos, sabremos desde dónde vivimos. Y ahí no hay trampa ni cartón.”

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.