PATERNIDAD

Fascinante milagro el que hace que un hijo sea padre de su hijo. No quisiera parecer más desustanciado de lo que ya soy, pero es sorprendente lo mucho que cambia la vida cuando un solterito nace de mujer. Completo desconocido donde los haya, no sabes qué hacer con él, pero darías tu vida por él sin pensarlo.

Un ser diminuto que viene a cambiar toda tu vida.

Y llegarán los momentos en los que empieces a pensar todo lo que harás con él/ella: Deportes, juegos, lecturas, aficiones… Pero ahora es el momento en el que es él quien ha empezado a hacer contigo lo que le da la gana. Suavemente, sin empujar. Sin esfuerzo, le ha dado la vuelta a tu vida como a un calcetín.

Eso es poder. Creo que por eso Jesús nace todos los fun fun fun del veinticinco de diciembre, pero esa es otra historia.

Un gruñidito, una sonrisa, un llanto. Todo tan propio de otras especies. Y, sin embargo, mueres por ver su carita, sentir su mano agarrando tu dedo en un prensil y primitivo gesto. Y tú crees que es por ti, que te ha reconocido (primerizo…)

No hay inteligencia. Sólo hay el irrefrenable impulso de protegerlo de todo mal, de acurrucarlo en tu pecho, de vivirlo.

Hala pues.

Hecho lo más difícil, que es esperar a un ser desconocido que fue invitado a participar de nuestra vida, llega la parte más interesante, el capítulo más largo, la aventura más hermosa:

La paternidad.

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