FAMILIA

De todas las cosas imperfectas que Dios nos regaló para darnos cuenta de lo maravilloso que es evolucionar, la familia es la más interesante. Es el medio en el que todo, absolutamente todo lo que te destruye o te construye, va tomando cuerpo: En ella fermentan los fundamentos y los huesos, las emociones y las culpas, hasta parirnos de nuevo, a cada uno de los que en ella crecen.

Desde nuestra concepción somos materia primigenia de hijo de Dios. Y traídos al mundo por dos seres que no están capacitados para educarnos. Cada uno suponemos un abismo al que nuestros padres se asoman, se santiguan y gritan nuestro nombre. De ese modo van reptando nuestras emociones desde el primer llanto tras el parto hasta volar con cada una de las experiencias que vivimos. Poco a poco los padres van aprendiendo a serlo: A educarnos e inculcarnos lo que los suyos grabaron como valores en su memoria infantil.

Porque, aunque parezca mentira, fueron niños que aprendieron a vivir con otros: Todos aquellos que conforman el sustrato sobre el que hoy crecemos. Nos abrazan con lo que ellos, como pareja, estiman importante. De esa manera van roturando nuestra conciencia para la siembra de todo lo que será el forjado de nuestro ser, los pilares de nuestro yo. Estos, debido a la imperfección inherente de la institución y sus presidentes, no son inmutables, infalibles…

Pero, de eso, te das cuenta cuando creces y comienzas a educar a tus propios hijos.

Con ésta perspectiva, doy gracias por mi torpeza. Porque, aprendiendo de mis fallos, me voy acercando muy lentamente a la educación que sueño para unos hijos que nunca fueron de mi propiedad: El cielo me los prestó en usufructo para amarlos como se me enseñó a través del amor que vi en mis padres y el que quise darles a partir del que no recibí y quiero dar. Corrigiendo los errores y avisando a mis niños que fallar no es malo. Que es, la familia en la que viven, una posibilidad de educación que no es perfecta. Esto es: Acabada. Son, sus vidas y las nuestras, padres e hijos, un regalo de imperfección:

Una tesis de evolución, antítesis de errores y síntesis de vida.

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2 Respuestas

  1. Javier dice:

    Querido amigo. profunda reflexión que en terminos parecidos nos vamos haciendo en el camino de ser padres. Ahora con mi hijo mayor, de casi 19 años, pienso lo importante que ha sido el cariño, la bondad y el amor puestos desde que vino a este mundo. No me entiende, no comparte lo que digo, muestra la rebeldía natural del adolescente, del jóven y sólo me queda hacer como María. Guardar lo que dice en mi corazón y esperar que el devenir de los años le ponga en sus brazos a su hijo y experimente lo que todo padre hace por el amor a sus hijos.
    Un abrazo y muchas gracias por la reflexión.

  2. Cecilia dice:

    Mis padres eran de esa generación en que no se discutía lo que se enseñaba como “correcto”, generación de las verdades ex-cátedra. Eran las instituciones las que señalaban esa forma de vivir que había que replicar, sin cuestionar. Los errores se tapaban, hasta las discusiones eran entre las cuatro paredes la habitación de los padres y en las cosas de adultos no entraban los hijos… los afectos no eran valorados, sí la fortaleza, la diligencia, los éxitos en lo intelectual, o en las habilidades de cualquier tipo. Qué difícil ser hijos de padres tan correctos!!!… como hijo, parecía que nunca era suficiente… hasta que crecimos y de a poco nos fuimos dando cuenta que el cuento que nos habían contado no era real y que esos padres perfectos, no lo eran, que las instituciones, incluso las que parecían más firmes, se caían… y nos fuimos en búsqueda de lo que nos sonara más verdadero, aunque fuera más confuso, precario, sin formas… pero, con más sentido, entonces nos encontramos con otros, y tuvimos la valentía de mostrarnos en nuestras debilidades, con todo lo que somos. Es el encuentro con nuestra humanidad, despojados de las construcciones, meras protecciones de esta carne frágil. Entonces lo afectivo pasa a tomar un lugar importante, la expresión de los sentimientos, el abrazo, la comprensión, el siempre dar una nueva oportunidad… y en ese “nuevo hogar”, surge lo mejor de nosotros… y construimos una nueva familia, con los hijos, no sólo los de la carne, sino también muchos otros que llegan al “hogar”… con ellos caminando, no mostrando caminos, construyendo caminos entre todos y contemplando su propio caminar… con alegría, con confianza, que sean felices siempre… y lo serán, en el abrazo, de la familia.

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