TRISTEZA

Yo entiendo perfectamente a la gente que enferma de tristeza. Cuando nos roban la capacidad de vivir desde nosotros y nos obligan a depender de lo que hay que comprar o las expectativas que tienes que cubrir, o las propias exigencias que hacen que tu felicidad dependa de un hilo, de una opinión, de que alguien se dé cuenta de que estás vivo y que, aparte de hacer lo que le corresponde, también necesita que le atiendan y que le hagan sentir que está vivo, que es necesario y querido por encima de lo que hace o deja de hacer.

Gracias a los culebrones podemos subsistir a la monotonía y a la angustia de la espera para poder vivir con el otro. Cuando llega está demasiado cansado para darse cuenta de que todo está recogido, que hay comida hecha, que el niño ya está preparado para dormir. Gracias, peluquerías, que nos ofrecéis la posibilidad de compartir con otros los chismes de la vida de otros, que tienen la misma mierda de vida que nosotros, pero cobran por enseñarnos sus almorranas. Gracias, panaderías, que nos permitís hacer gala de nuestros planes para adelgazar mientras compramos pasteles de nata “ de los que no engordan”. Gracias por los engaños que nos permiten soportar, la terrible sensación de soledad de los que vivimos para que otros sean felices, puedan realizarse, …

Nosotros, con cristiana compostura, ya seremos felices en el paraíso, donde podremos limpiar y se nos tendrá en cuenta, se nos preguntará qué tal nos ha ido el día y quizá nos quieran abrazar por propia iniciativa y no porque noten que estamos algo decaídos o porque nos estamos muriendo bajo el sol de la feliz indiferencia de los satisfechos.

 

Gracias, Tristeza; aún siento que siento gracias a ti.

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