TROZOS DE CARNE

O “cachocanne”. Dícese de aquel ser que se comporta como si fuera el centro del universo. Carente de toda virtud hace de su carencia su orgullo y bandera. ¡Pobres idiotas!, barrunta en su materia gris apenas utilizada, los que respetan y son educados.

Puede hacer lo que quiera y comportarse como le plazca…

Que hay que cruzar por cualquier sitio sin tener el en cuenta el tráfico, pues se cruza. Si en ese preciso momento, un coche le llama la atención porque se está poniendo en peligro y obstaculizando el tráfico, el individuo se toca la entrepierna y dice “joputaqueteden” sin llegar a comprender lo que el interlocutor acaba de hacer.

Que hay que tirar cosas al suelo como si el suelo fuera un vertedero autorizado donde los guarros, esos que tiran cosas al suelo, ensucian sin ningún miramiento… No sé dónde vamos a llegar.
No hace falta que éste homínido tenga dinero. Hay una leyenda urbana que dice que la gente rica puede hacer lo que quiera. Cabe la posibilidad de que un bípedo de esas características haga lo mismo, pero con saldo en la cuenta corriente.

Que toca comer pipas hasta que no se vean las losetas de la calle, pues se comen hasta que no haya girasoles en el planeta. Si no ensuciamos nosotros, ¿qué van a limpiar los barrenderos? Aunque no te hayas dado cuenta, comer pipas es un acto de complicidad laboral. Es un motivo de alegría para todos los barrenderos que, exultantes de gozo por limpiar los desperdicios que deja la madre naturaleza, limpian las pipas que adornan los pies de sus hermanos y las patas de los bancos de las plazas.

Cargados de derechos, y conociendo al dedillo la legislación vigente del tema que les ocupe, los mentan para quejarse de todo lo que tengan delante: La situación laboral, la falta de ayudas por parte del estado, el tinte para el pelo, el horóscopo, las tristezas de cualquier fulano futbolista o fulana famosa (perdón: Zutana, que fulana suena muy mal)

Y lo mal que estamos. Quejarnos como deporte nacional. A la vecina que nos cae tan mal pero que calentamos la cabeza con todos nuestros problemas. A través de un mecanismo mágico, nos vinculamos de una manera casi cosanguinea. Todos tenemos la misma vida de mierda. Pero, si la mía es más mierda, me pavoneo de una manera daliniana de ello. Si la suya es más mierda, me río de ella porque es una desgraciada.

Todo para que no miremos adentro: Adentro más adentro, donde no llegan las cámaras ni las riñas de la tele, ni las frustraciones propias y de la familia más allegada. Donde la comida basura aún no ha plantado ninguna pancarta publicitaria. Donde la vida basura no ha contaminado mi alma: Donde aún siento y no quiero mirar porque duele. Donde soy una persona libre que se acepta, todavía, y cree que se puede ser feliz de otro modo.

Pero no quiero mirar. Porque las pipas me enterrarían, los conductores afearían mi conducta y yo me daría cuenta. Y pediría disculpas.

Y no miraré porque no tendré razón. Y eso no puede ocurrir porque eso haría preguntarme cosas. Y no voy a hacerlo porque los otros no lo hacen y ¿quién soy yo para hacer lo que otros no hacen?
Por todo esto decidimos ser, de un modo suicida, carne picada, trozos de carne. Partes de un todo que no representa nuestra individualidad ni nuestra identidad. Inconscientes por decisión propia, empujados por una fuerza mayor que nos dice que el individuo es débil y que la masa es fuerte.

Pero no dice que la masa es manipulable y asustadiza porque no tiene conciencia de grupo sino de masa. Inestable, sin forma, inconsciente. Asume lo que le dictan como mejor porque cree que pensar es peligroso.
Paralelamente, nuestro adentro, lo profundo se rebela contra el pensamiento único. Cada individuo sabe que tiene vida propia. Pero, como se le ha dicho que ser únicos es una locura, intenta de todas las maneras antes descritas, dejar su firma en la historia. Ya sea con un grafiti en la pared o unos gritos en medio de la noche para molestar. Quitándole el tubo de escape a la moto para decir que existo, que soy yo. Adolescentes maneras de autoafirmarse en medio de la mediocridad.

Así, deambulan los adultos buscando una identidad que vive dentro. Engordan hasta la enfermedad intentando saciar un hambre que no se calma llenando la tripa. Deprimidos, condenados a la ingesta de felicidad envuelta en blíster de Prozac.
Solos al fin. Sin poder moverse por ellos mismos, son llevados por la corriente hacia el borde de la tierra plana y empujados, en caída libre, al vacío. A la nada.

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2 Respuestas

  1. theophilus dice:

    Pasaba por aquí…y me he cruzado contigo.
    Me gusta lo que dices, porque lo dices de una forma seria. Lo que planteas me abre muchas interrogantes, ¿por qué quiero pensar como la mayoría? Una persona que vive dentro de un molde establecido por la sociedad vive de forma segura, no hay nada más seguro que aferrarse a una tradición. A nadie le gusta sentirse cuestionado, no quiero que me miren, que me señalen…en definitiva, no quiero ser la oveja negra del grupo.

    No quiero estar solo, mirarme dentro implica ante todo estar solo. Y no quiero. Tengo miedo.

    Hasta pronto

  2. Auduco dice:

    No. No quiero ser masa. Quiero ser yo. Tú siembras ideas. Inquietas el espíritu. Zarandeas nuestro ser. Pero no. No es suficiente. Es necesario pero no suficiente. Es hora de pasar a la acción. De hacer germinar grupúsculos de seres libres. Personas en búsqueda esperanzada. Es el momento y hay que hacerlo YA.

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