AMPUTADOS

De vez en cuando veo pasear a un señor al que le falta la mano izquierda. Siempre que me lo encuentro, un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Como todo aquello que es extraño, los ojos se me van al vacío del miembro que falta. Yo no quiero mirar, por respeto; pero no puedo evitarlo. Cuando eso ocurre, no dejo de dar gracias por todo lo que disfruto: La perfección que hay en la armonía de un cuerpo completo, que me permite hacer casi de todo y es sinfonía de equilibrio… Como todas las metáforas que me voy encontrando por las aceras, siento cómo el cuerpo de toda la humanidad vive con muchas ausencias de miembros. Son todos aquellos para los que la dignidad no es una palabra que exista en los diccionarios. Percibo con horror que el triunfo del vacío en nuestra sociedad reside en que hay términos que podrían ser borradas de nuestro vocabulario porque ya no están las ideas a las que las palabras dieron forma. Y veo padres esquizofrénicos que echan a sus hijos de casa cuando les da la crisis y que, pasado el tiempo, vuelven a buscarlos cargados de la culpa que les agobia por no haber sido los padres de manual que debieran ser. Adolescentes que quieren es ser tenidos en cuenta. Y la única manera que encuentran de hacerlo es beber hasta perder el sentido porque es la ortodoxa manera de relación y diversión; o hacer reír al resto de los colegas poniendo en juego el amor propio que la educación en las relaciones debe arbitrar: El ridículo en todas sus maneras posibles para llamar la atención. Sólo sugeriré las mutilaciones a las que estoy acostumbrado: Ancianos hacinados en los asilos, niñas vestidas de puta, inmigrantes de pie en las salas de espera de los médicos cuando hay sitios libres; todas son muñones visibles de lo que nuestro modo de vida es capaz de normalizar. Y cómo duelen… Pero hay algo que me hace pensar aún más. Los amputados dicen que hay ocasiones en las que les duelen, les pican los miembros cercenados. Y es porque el cuerpo tiene aún conciencia de cuerpo completo. Y es en eso con lo que yo quisiera concluir: Todas las ausencias son cicatrices que nos avisan del daño que hace vivir como si nada importara, como si todo fuera sustituible. De la misma manera que no puedo entender el despertar sin aquellos a los que amo, no puedo seguir admitiendo con mi vida que seamos candidatos a una ortopedia que se enriquece con nuestras frustraciones, artistas en el circo de los horrores que se ha convertido la sociedad del bienestar.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.