DEDOS

Sudando. Estaba sudando mientras soñaba. Era un calor en dos direcciones: De fuera adentro, como las noches de verano en las que el insomnio es inherente a la compañía de los mosquitos; un calor insoportable que te hacía echarte al suelo buscando frescor. Al rato, el suelo estaba ardiendo como tu piel. Y de dentro hacia afuera, por la angustia del sueño que tenía en ese breve instante en el que conseguía conciliar el sueño. “…Miraba mis manos. O donde deberían estar. Y sólo había muñones. No recuerdo cómo pudo ser. Pero no las tenía. A la confusión inicial siguió el ansia de poner remedio a la situación. Yo quería que volvieran pero, de pronto, comenzaron a brotar plumas en mis antebrazos y en los brazos. Los cubrieron y sentí que podía volar. Flexioné las rodillas y salté. Estaba volando. Me envolvió un mar celeste. Subí tanto como pude y fui Icaro. Veía las nubes acercarse, las atravesaba; pero no podía tocarlas, sentirlas. Sólo las adivinaba a través del tacto de mi rostro con su blancura húmeda. Cerré los brazos y caí en picado sobre el mar. Acogido en su seno, me hizo sentir niño en un baño amniótico y primigenio. Mis manos ya no estaban cubiertas por las plumas. Eran enormes aletas que me permitían nadar y evolucionar en ese cielo acuoso. Y, aún así, no podía sentir, tocar a los seres a mi alrededor. La temperatura cambiaba a mi alrededor con la profundidad. Pero las aletas no se pueden alzar hacia lo alto. Nadé tan fuerte como pude hacia la superficie. En un salto caí sobre la arena de la playa… En cada cambio, aparecían garras, dedos palmeados… Por un momento se tornaron en ramas de naranjo que dieron fruto otorgando color y fragancia a tan estériles apéndices. Y fue así como me di cuenta de que las manos son mucho más. Son portadoras de calor cuando las frotas y las posas sobre mi niño cuando tiene frío, para escribir sobre un teclado que encarna cada pensamiento en líneas que reconozco como regalos y preguntas a mi persona; Son los dedos que tocan la guitarra, el piano, el arpa en una danza de armonía maravillosa que me descubre que soy mucho más cuando dejo que me enseñen todo lo que hay dentro. Son la caricia que necesitas, las palmas al otro lado del cristal. Cuando las retiras, una parte del alma de las manos queda impresa en su superficie, desapareciendo lentamente. Son los dedos los que modelan y bruñen la tosca materia de la arcilla y traen al presente, la metáfora creativa de quien quiso dar manos, para la creación, a la creatura.”

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