ME ACOSTUMBRÉ

Los minutos tienen sesenta segundos. Las horas tienen sesenta minutos. Los días, veinticuatro horas. Las semanas tienen siete días: Lunes, Martes, Miércoles,… y así todos los nombres bajo los que conocemos el paso del tiempo. Así nos sentimos mucho más seguros, conociendo lo que conocemos y sabemos que pisamos territorio amigo.

Pero transitar los mismos yermos, no los hace más fértiles. Cruzar todos los días las más salvajes selvas no nos hace exploradores. La cadencia rítmica hace que te sea todo familiar y, lo que una vez fue asombro, hoy es fastidio.

Es costumbre.

Y me acostumbré. Sí. Me acostumbré a lo cotidiano y creí que, por diario, era algo normal. Ya no oía el silbido de la tetera avisándome de que ya estaba a punto para darme el brebaje que quería tomar; ni escuchaba la risa graciosa de mi niña mientras me contaba cualquier cosa por la que estaba esperando un “muy bien” mientras yo estaba intentando hacer cualquier cosa sin importancia.           Lo importante, se plegaba a lo que tenía importancia.

No sentía los pies de mi niño arrastrándose por la mañana tras lavarse la cara, ni el musitar ininteligible de mi esposa recién levantada saludándome. Todo era irrelevante ante cualquier estupidez que ocupara mi mente en ese instante.

Por ello no quiero volver a sentir que se me va la vida buscándola. Ni quiero creer que todo permanece; y me enfado cuando no es así.

La vida es un perpetuum mobile: Una evolución maravillosa que me invita a darme cuenta y sentir la novedad que aporta sorpresa y guiños, regalos y enfados, que hacen que luzca un nuevo sol cada mañana.

Bendita la vida que no me permite dar ni un paso atrás, volver al lunes pasado. Vivo el día de la semana en el que amanezco y tengo todas las oportunidades intactas. Todos los latidos preparados. Los abrazos y los besos, listos.                                  Ya.

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