AMOR ETERNO

Cuando era un niño, las cosas eran tan simples, tan previsibles. Todo era según te lo contaban. Las clases eran largas. Intentabas, en el tiempo que te daban para hacer los deberes, que pasaran más rápidamente sacándole punta al lápiz junto a otro compañero con el que trababas cualquier conversación, hasta que la punta podría atravesar el pecho de un caballero templario. Volvías al pupitre y la punta del lápiz se rompía. Eso, por supuesto, te obligaba a volver a la papelera en busca de nuevas conversaciones… Los veranos eran eternos. Tardes en la playa o en la calle. Los pasabas corriendo subido a una tabla a la que habíamos puesto unos rodamientos. Nos preparábamos y nos tirábamos desde lo alto de una cuesta hasta que nuestras rodillas, negras por jugar en el suelo, se teñían de rojo por haber sido utilizadas como freno. Crecí. Y soñaba con encontrar a una compañera que supiera apreciar todo lo afectuoso, inteligente, locuaz, mordaz, comprensivo que un niño podía ser con mi edad. Pero serían las gafas; o que tantas aptitudes no son apreciadas en esos momentos tan empedrados de acné y pitos en la voz. Creía que cuando la encontrara, o ella a mí, me sentiría apoyado y sería aún más de lo que suponía poder ser. Siempre aparecía el guapo y chulo de turno, conflictivo, que se las llevaba de calle. De hecho, yo sabía que era mucho mejor; pero ellas no lo podían apreciar tras el humo del tabaco que me escondía y que fumaba sin convicción. Las princesas nunca reparaban en el escudero. Los caballeros relucían como el sol. Y observaba. Miraba y comprendía que las cosas eran de otro modo al que yo conceptuaba. Todos buscamos, de algún modo, el equilibrio de aquello que soñamos como lo mejor. Una pareja que te adore, te respete, te ame en todos los ámbitos de tu vida y que tú seas lo mismo para él/ ella. Curioso. Eso parecía ser verdad al principio del enamoramiento. Después venían las cosas que todos sabemos. Las concesiones que se van haciendo a través del tiempo en el que “ya se sabe que…” Los diminutos sobreentendidos que son derrotas: ver cómo las murallas de tu ser se van haciendo más pequeñas por la opresión del medio exterior. Sentir cómo el ser de tu pareja va siendo asfixiado por tus propios prejuicios, sin margen a la frescura que un día hizo de su compañía el elixir de la eterna felicidad. Y compruebas, cuando oteas el horizonte, que las parejas en la edad dorada están llenas de pactos, de silencios, de muros en los que se han escrito como si de grafitis se tratara, los términos del armisticio en lo que se ha convertido la vida en común. Escribo y sollozo. El príncipe azul se ha desteñido y ahora es un sapo que ronca tras la comida sin recoger la mesa. La princesa se convirtió en rana, quejándose de todo lo que en la lejanía de la vida abandonó por creer que era mucho mejor y que así sería tiempo después… Y, como si del último advenimiento de Cristo se tratara, surge la frase inevitable: “La vida es así” Y no. Yo quiero, yo creo que se puede renovar todos los días la ilusión. Todos los días soy nuevo y tú también. Nada hay que nos obligue a repetir los errores que otros cometieron. Podemos aprender: Perdonar, que no es otra cosa que amar tanto que nos permita dialogar hasta remover la tierra, mullirla para que el aire penetre y oxigene los orígenes. Y el presente. Tanto amor. Yo quiero ser consciente de tanto amor. Tanto amor nuevo. Amor de hoy: Amor eterno.

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2 Respuestas

  1. vicente dice:

    Es una de las reflexiones más agridulces que hayas escrito. Al comienzo se te caen los palos del sombrajo. Después, por un profundo arte de dicción que manejas a la perfección, sales airoso, y el sombrajo lo conviertes en un castillo de ensueño.
    Situaciones como ésta, que en el fondo las vivimos todos nos obligan a preguntarnos, ¿cómo estamos realmente? ¿Qué es lo que sucede en nuestro interior, que pocas veces acabamos de descubrir del todo? ¿Por qué, para poder terminar bien tenemos que manifestar realidades que encierran tanta reflexión y sufrimiento?

  2. Barberan las oscuras golondrinas dice:

    Recuerdo q de niña soñaba también con mi principe azul o morado o a rayas (nunca fui exigente) y recuerdo con terror como los principes ni se pispaban de mi existencia… lo peor de todo es que tampoco lo hacia el escudero… ni el jamelgo del escudero!!!!!. Con el tiempo los principes comenzaron a “quererme” y comprendí que para que el principe fuese azul habia que ahogarlo… nunca habia deseado mas una capa de invisibilidad como la de Harry Potter… te leo y me tiemblan les pates… Aun con todo os envidio y admiro a los que teneis ganas y fuerzas cada dia de hacer nuevo lo q envejece tan rapido para algunos… mil besos

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