BRAZOS CAÍDOS

Somos una sociedad de ganadores. Eso lo atestigua el modo que los medios de comunicación nos trasladan la percepción de la realidad en cada entrante de noticias, primer plato de publicidad, segundo de telebasura y postre de casquería pseudotrascendente en su multiplicidad de posibilidades.

Un ganador nunca pide perdón. Es el derecho que te concede serlo. Porque puedes serlo en muchos ámbitos de la vida. Lo bueno de esta ficción democrática de la victoria es que puedes festejar y ejercer tu victoria desde lo más grande hasta lo más pequeño: Dedicar el Óscar a tu madre y compañeros de reparto hasta sacar la lengua desde el columpio al amigo que se ha quedado sin montar. Vencedores, siempre vencedores.

Perdedores: Intolerable y no está dentro de nuestro vocabulario. Eso es de gente da baja estofa, de personas que no han pillado el concepto. El concepto…

Los que pierden tienen que esconder su derrota bajo un manto de vergüenza y silencio por el peligro que corren de ser apartados como los leprosos en el antiguo testamento; o en el nuevo; o en todos los tiempos. Leprosos que tienen que soportar la enfermedad, como las almorranas, en silencio.

Una vez que hemos comprendido la coyuntura, a pasear y disfrutar ufanos de nuestra incipiente recuperación económica y contemplar las imágenes que nos muestran sonrisas: Esas que esconden los dientes que arrancan sin piedad la dignidad de las personas a través de mentiras que sólo son verdad para el que disfruta o detenta el poder.

Caminando te encuentras a la madre que ha dejado de ir a una actividad gratuita porque no puede pagar la gasolina del coche. Cuando te la encuentras, ves cómo se aparta levemente no vaya a ser que otras perciban el olor de la derrota, el tufo de la pobreza que siente por tener para vivir sólo la ayuda familiar.

Y,en el paseo, hay un viandante que sorprende:

La mirada perdida, un paso constante, rítmico… Con la cadencia de verlo todos los días a la misma hora paseando por la misma calle: La celda es un poco más grande pero, por lo menos, está al sol. Como el oso que después de años paseándose por la jaula del zoo sigue dando los mismos pasos y dándose la vuelta aunque ya no haya barrotes, el caminante mantiene el mismo patrón, la misma vereda.

Y no es eso lo peor: Es la derrota de sus ojos sin vida; de un hombre al que le juraron que trabajando y ganando dinero sería el hombre más digno del planeta. Hoy no trabaja y pasea su angustia por la jaula de la calle. Ya no disimula su derrota. El peso de los grilletes hace que sus brazos permanezcan a 90º con respecto al suelo.

Brazos caídos. Los que no pararían un golpe si fuera a recibirlo. Aquellos que no protegerían su cuerpo si tropezara y fuera contra el suelo: El ejército de un hombre para luchar que ya ha firmado el armisticio, entregadas las armas, rendidos a la evidencia que un perdedor al uso, sólo puede vagar.

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