COHERENCIA

Mucho tiempo. Ha pasado mucho tiempo desde que comencé a disfrutar de un estado maravilloso: La paternidad. Cada día que pasa es un privilegio y me va enseñando, adiestrando (haciéndome diestro) en el arte del acompañamiento a pulmón, sin ninguna preparación, de unos hijos a los que tengo que ayudar a crecer y a que sean libres y felices. Tiene sus contraindicaciones pero nada ha de interponerse entre mi labor y el objetivo a alcanzar. Lo malo del asunto es que hace mucho tiempo de el inicio del contrato vitalicio que contraje con mis herederos y cabe la posibilidad de que me haya acostumbrado a ellos. Eso trae consigo unos efectos secundarios no deseados que pueden poner en peligro el proyecto. La costumbre es el más evidente de los lastres que acompañan a tamaña labor. Así, cuando nacieron, vi como mi mundo mutaba hacia un universo en el que la circunferencia desafió su genoma y se hizo de múltiples centros. Pero demasiadas cosas, preocupaciones, tonterías, engaños, pulsiones hacen que comiencen a ser seres que pueblan tu casa y son visibles; pero no parece que deban ser tratados a la manera en la que estaba estipulado en el acuerdo. Conclusión: Todo aquello que hace que los abrazos que sólo pertenecen a mis hijos se mueran en el limbo de la intención, los hace clamar desde sus tumbas. Los pensamientos predeterminados sobre paternidad o matrimonio, o consagración son todos mentira porque cada persona es un universo que merece un replanteamiento global todos los días a todos los niveles. No hay ni habrá nunca una excusa para no vivir los criterios directores de mi vida. Si no vivo conforme al Evangelio que proclamo, soy tan culpable del mal del mundo como lo pudieron ser de forma evidente todos los monstruos que la historia creó para diezmar la población con guerras; o con políticas que hicieron números, estadística, a los hijos de la tierra. Un abrazo no dado es una injusticia que añadir a la larga lista que avergüenza a la humanidad. Echar días atrás, esperando que llegue mañana, un insulto a la inteligencia y al hambre de los que esperan de mi, de todos los conscientes, una actitud acorde, concorde: De corazón. Que la coherencia no sea la guinda de un pastel que puede o no ser puesta. Que el sonido de su significante sea una alegría y no una denuncia. Y su sola presencia nos llame a la verdad vital, a amar con el amor primero: Hoy, el primer día de mi vida.

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