PASARELA

Un hueso. Otro. Lentamente se va formando el maniquí. Una vez formado el armazón, sólo nos queda decorarlo para vender el producto. Frente al espejo, la imagen devuelta cada vez me gusta más porque antes de comenzar la obra de arte es un lienzo en blanco, una obra inacabada. Así lo ve la adolescente. Se ve fea; se especializa en mimetizarse con la voluntad dominante para no destacar por no estar adaptada. Suicida la dualidad que te hace buscar tu identidad propia dentro de un canon del que no se puede huir porque establece la inviolabilidad de las reglas que impone. Un juego al que jugar siempre te lleva, en un sentido o en otro, a perder. Pierdes tu identidad intentando ser quien no eres y el tiempo en borrar los rastros de todo lo que pueda ser interpretado como falso.

Falso sobre falso. Fake para los que hablan inglés. En estos momentos, en los que el maquillaje, vestimenta y calzado serán comúnmente aceptados, toca salir.

Salir a la jungla. Pero no se puede salir de cualquier manera. (este, para mí, es el meollo de la cuestión) Cuando vas solo o sola, tienes que ir con un paso que habla de que vas de sobrado, que todo lo que rodea es parte de tu puesta en escena para que el mundo advierta lo mucho que vales. Pero de una manera desapasionada, porque no pueden percibir la ansiedad en la que vives por la posibilidad de recibir una mala crítica, un gesto despectivo que te haga dudar de cualquier complemento. Para eso, hay un arma infalible. Te mueves dentro de un escenario bastante grande en el que los figurantes son jueces. Por ello, te pones bien el pelo frente a cada escaparate y no miras nunca a nadie. No sabes cómo son los ojos de la gente porque nunca miras de frente. Desenfocadamente, te desplazas sin intimar con la mirada: Sólo percibes la admiración y la sorpresa a través de miradas furtivas que pretenden sondear el entorno.

Fascinante toda la obra, cada nueva obra, que supone salir a la calle, su estreno y crítica con tantos actores y actrices que se mueven al son de un baile que no han escrito; un guión para inseguros que ansían una mirada de respeto pero que no pueden buscar por cuanto que está prohibido. Un aplauso sordo, hueco que no se oye porque no nos atrevemos a unir las manos.

Y con el fijador más natural, la sombra de ojos más asombrosa, el rímel perfecto, la boca más roja que vieron los siglos, se dibuja una mueca de tristeza. Tantas veces que llega un momento en el que aceptas cualquier pareja de baile que siga sin mirarte a los ojos, sin querer saber qué hay detrás de las bambalinas. Pero que tiene la misma magnífica manera de poner su papel en escena. Piensas que pueda ser el modelo con el que quieras caminar sobre la pasarela de las vanidades, de vacío, en la que hemos convertido las relaciones.

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